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MÁS ALLÁ DEL SENTIDO COMÚN NEOLIBERAL:POLÍTICAS CULTURALES Y PEDAGOGÍA PÚBLICA EN TIEMPOS OSCUROS

Por Henry A. Giroux*
(http://www.henryagiroux.com/)

* Pedagogo y crítico cultural. Ha sido profesor en las universidades de Pennsylvania, Miami, Tufts y Boston, entre otras. Actualmente ejerce la docencia en la Mc Master University, Ontario, Canadá. Ha publicado numerosos libros y artículos sobre pedagogía, cultura y política educativa. Entre ellos, Cruzando límites: trabajadores culturales y políticas educativas (1997) La escuela y la lucha por la ciudadanía: Pedagogía crítica de la época moderna (1998). Obtuvo en 1995 el premio Gustav Myers como uno de los mejores libros sobre derechos humanos en los Estados Unidos.

SINOPSIS

Este artículo, escrito en 2007, anticipaba varias de las cuestiones que se han instalado en los últimos meses a causa de la crisis del modelo neoliberal impuesto por Estados Unidos. Aquí, el autor afirma que el neoliberalismo no condujo simplemente a un direccionamiento en la función del Estado, sino que directamente cambió la función y la idea misma de Estado: de uno comprometido con la asistencia social hacia otro comprometido con regular el movimiento global de capital y expandir la fuerza de policía, la de castigo y militarización de la sociedad. En tal contexto, la democracia dejó de ser una utopía, bajo un régimen que celebra la trinidad que forman la privatización, la desregulación y la financiación. El consumo se convirtió en marca auténtica de ciudadanía, mientras la competencia individual y responsabilidad personal se elevaron al nuevo evangelio de riqueza y salvación individual.
El proceso incluyó la transformación de las escuelas públicas en meros centros de examen, o prototipos para las cárceles nacionales, con sus mecanismos de vigilancia y políticas de tolerancia cero, y la corporización y militarización de la educación superior.
Cuestionar el sentido común neoliberal también sugiere repensar el significado de las políticas culturales para el siglo XXI, y la importancia de expandir los actuales compromisos políticos y pedagógicos a lo largo de una amplia variedad de esferas públicas centrales en cualquier noción viable de políticas democráticas. Es necesario hacer el esfuerzo por reclamar la fuerza política y exigente de la pedagogía como herramienta crítica necesaria para la reconstrucción de un Estado socialmente comprometido.


NEOLIBERALISMO Y LA NUEVA GILDED AGE (2)

Con el advenimiento del nuevo milenio, la Era Dorada y sus actualizaciones neoliberales de “`ensoñaciones’ de consumo, prosperidad y poder” retornaron con una venganza (Davis y Monk, 2007, IX). La nueva riqueza exorbitante junto con sus ideologías conservadoras ahora invoca y celebra públicamente aquel periodo del siglo XIX de la historia norteamericana en el que las corporaciones gobernaban la vida política, económica y social, y un supuestamente fuerte espíritu emprendedor traía riqueza y prosperidad al resto del país. Aun el New York Times hizo circular, en el verano de 2007, otorgando no sólo un apoyo de bienvenida al exceso de la Era Dorada, sino también casi profiriendo alabanza a una clase [social] en ascenso conformada por ejecutivos-jefes de riqueza escandalosa, financistas y empresarios, descritos como “portadores de un don para los negocios, [arrancados] satisfactoriamente de las atrofiadas restricciones que fluían del New Deal (3) y usando “sus triunfos y filantropía [para hacer] el gobierno menos importante de lo que fuera una vez” (Uchitelle, 2007). Hay más aquí de un narcisismo depredador, una hibris bufonesca, y una visión de un mundo neo-feudal en el que el futuro sólo puede medirse en ganancias financieras inmediatas. Diferencias masivas en la riqueza y el poder junto con el debilitamiento de las protecciones de los trabajadores y la destrucción de la condición social ahora están legitimadas a través de la reinvención histórica al servicio de uno mismo en la que la política se mide por el grado en que se evade cualquier sentido de verdad actual y responsabilidad moral. En este caso, la soberanía corporativa no sólo hace invisible al poder; también ejercita una historia de avidez bárbara, inequidad económica sin escrúpulos, un rapaz Robber Barons (4), políticas como plagas escandalosas, monopolios resurgidos, y un racismo sin arrepentimientos. (Cfr. Trachtenberg, 2007; Josephson, 2001).
En la actualidad, un errático fundamentalismo de mercado gobierna la mayor parte de los aspectos sociales, si no del globo, y las fuerzas mutantes constitutivas del terror y los valores de mercado, ahora constituyen los principios reguladores de la vida cotidiana. Los flujos globales de capital trabajan ahora in tandem con una deferencia por todo lo militar mientras la democracia funciona tanto como una legitimación transparente del imperio para el exterior, o se invoca internamente bajo la presunción de conveniencia política en el terrorismo, y se representa como una performance que imita la ostentación y el engaño de una rampante cultura de corrupción y secretos en los más altos niveles de gobierno.
Como el capital financiero reina soberano en la sociedad norteamericana, reforzado por el “nuevo y peculiar poder de la revolución informática en sus formas electrónicas” (Appadurai, 2006, 36-37), la democratización junto con las esferas públicas necesitadas de sostenimiento, se convierte en un proyecto inestable y cada vez más frágil, si no disfuncional. Como matriz de toda relación de poder, la militarización se ha convertido en el fundamento para la política en sí misma y marca una transición histórica del Estado social hacia el Estado castigo (Giroux, 2007). En este ensayo, expongo en términos explícitos el desafío de nombrar la política y la pedagogía del sentido común neoliberal y el rol crucial que éste desempeñó en asegurar una nueva y poderosa forma de hegemonía neoliberal. Tal tarea no es simple y demanda un intento concertado no sólo para comprender cómo el neoliberalismo se convirtió en la ideología reinante del nuevo milenio, sino también para analizar cómo la construcción del sentido común neoliberal gana fuerza aclaratoria mediante su confianza en la fuerza educativa de la cultura para asegurar un consentimiento generalizado en la población norteamericana. Cuestionar el sentido común neoliberal también sugiere repensar el significado de las políticas culturales para el siglo XXI, y la importancia de expandir los actuales compromisos políticos y pedagógicos a lo largo de una amplia variedad de esferas públicas que permanecen centrales en cualquier noción viable de políticas democráticas. Con relación a estos temas, y aun corriendo el riesgo de parecer al principio como demasiado descriptivo, quisiera trazar un mapa de una serie de discretas, hasta ahora interconectadas, instantáneas y momentos que hablan de la profunda crisis no sólo de las políticas democráticas sino también de los tipos de interrogantes existenciales que marcan los esfuerzos para vivir como seres humanos en estos tiempos tan degradados.


INSTANTANEAS DE LA CRISIS

Comienzo entonces no con abstracciones sino con ejemplos concretos que abarcan la racionalidad y la lógica del sentido común neoliberal, que opera por debajo del radar del análisis crítico. En este caso, comienzo con los cotidianos o pequeños cambios de las políticas culturales neoliberales y continúo con la descripción de sus implicancias en términos teóricos, políticos y pedagógicos. La teoría, en este contexto, se convierte en un recurso y en el fundamento de una forma de análisis crítico que con esperanza pone en claro que las consecuencias del sentido común neoliberal merecen una suerte de consideración cuidadosa que un público reflexivo podría dar, no para la imposición de cosas tales como la publicidad resbaladiza, las noticias de entretenimiento, y la cultura de la celebridad en las coordenadas de tiempo/espacio de nuestra conciencia diaria.
Uno de los argumentos clave en este ensayo es que el neoliberalismo no condujo simplemente a un direccionamiento en la función del Estado; más bien cambió la función y la idea de Estado: de uno comprometido con la asistencia social hacia otro comprometido con regular el movimiento global de capital y expandir la fuerza de policía, la de castigo y militarización de la sociedad. Al extender el dominio de lo económico a lo político, actualmente la racionalidad del mercado organiza, regula y define los principios básicos y los servicios del Estado. Lejos están los días en los que el Estado “asumió responsabilidad ante una gama de necesidades sociales”; en su lugar, ahora el Estado ejerce una amplia gama de “`desregulaciones, privatizaciones y abdicación de responsabilidades a favor del mercado y filantropía privada” (Steinmetz, 2003, 337). Lo que es peor es que llevó a cabo estos cambios por medio de una práctica pedagógica que enseña a la sociedad a entender al mundo vía mentalidades de mercado y paradigmas corporativos. En lo que sigue, llamaré la atención sobre el Estado neoliberal y sus prácticas pedagógicas complementarias, en un esfuerzo por reclamar la fuerza política y exigente de la pedagogía como herramienta crítica necesaria para la reconstrucción de un Estado socialmente comprometido.

NEOLIBERALISMO Y POLÍTICAS DE INEQUIDAD

Bajo el régimen neoliberal, que fuera puesto en marcha desde la crisis fiscal de los 70, el big government (5) es ahora considerado como enemigo de la democracia; las asistencias como las concedidas bajo las políticas del New Deal y la Gran Sociedad (6) [Great Society] fueron desechadas por considerarse socialistas; la política es enteramente subordinada a los imperativos de la redescubierta “libre economía de mercado”; y todas aquellas instituciones que hicieron mofa de una democracia sustantiva son ahora las grandes beneficiarias del poder del gobierno.
En la actualidad, los agentes de bolsa con poder no ofrecen disculpas por sus esfuerzos en apuntar, un poco más enérgicamente que otros, a algunos estamentos del gobierno para minimizar sus gastos. Carentes de honor, están más preocupados en desmantelar las partes del sector público que sirven a las necesidades sociales y democráticas de la mayoría de la población norteamericana no opulenta. Las partes que proporcionan subsidios corporativos, contratos militares a las corporaciones, y protección a la opulenta minoría mientras reparten castigo a los pobres, están salvaguardados por la gran herramienta doméstica de guerra, el hacha presupuestaria. La primer estrategia de la diplomacia neoliberal, utilizada a partir de la administración Reagan, ha sido “maten de hambre a la bestia” produciendo un gran déficit presupuestario para forzar reducciones en varios programas sociales tales como seguro de salud para jubilados [Medicare]; asistencia sanitaria a personas sin recursos [Medicaid]; educación; alimento, y bloqueo a subvenciones para desarrollos comunitarios. Por ejemplo, en la administración Bush, el recorte impositivo no hizo sino beneficiar a los ricos; también obtuvo resultados en el recorte de cruciales programas sociales y en la profundización de inequidades raciales y de clase. Sólo es necesario recordar la total indeferencia de la administración Bush para con la apremiante situación de los negros pobres, víctimas primero del huracán Katrina y después, de la vergonzosa indiferencia inicial del gobierno ante la tragedia.
A raíz de la catástrofe que acarreó “maten de hambre a la bestia”, la política federal continuó reproduciendo, expandiendo y celebrando una sociedad conducida por el mercado, en la que “[los] altos ejecutivos hacen ahora más en un día que el trabajador promedio en un año” (Mokhiber y Weissman, 2005). Las políticas de la inequidad neoliberal también son evidentes en relación con los salarios y bonificaciones, ahora distribuidas entre los altos ejecutivos.
En algunos casos, los ejecutivos obtuvieron bonificaciones e ingentes salarios, mientras sus empleados tuvieron que aceptar reducciones en sus salarios, acuerdos jubilatorios y beneficios en salud, trabajando más horas. Resulta especialmente desconcertante, desde el punto de vista ético y político, que algunas industrias, como la industria de aviones, estén utilizando iniciativas posquiebra para pagar enormes salarios y bonificaciones a sus ejecutivos, mientras a los empleados de líneas aéreas se les solicita hacer excesivas concesiones.
En otros casos, se solicita a los trabajadores hacer una elección entre tener comida para su mesa o pagar por servicios médicos básicos. Tales disparidades en ingreso, riqueza y oportunidad en el país más rico del mundo, deberían ser consideradas como una atrocidad.
Del colapso del Estado social, Estado administrador de la seguridad, y el ideal de un seguro de vida colectivo, no puede culparse enteramente al neoliberalismo, cuyo éxito constituye una narrativa vinculante pero diferente. La corta lista de alguno de los factores generales en la desaparición del Estado social podría incluir: la emergencia en el complejo industrial militar en el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial; la revuelta corporativa en contra de los impuestos en los 60; la revuelta anti-impuestos, sucesivamente, de la clase media que comenzó en la crisis de la creciente economía en medio de California en los 70; la suba abrupta en el interés de las tasas y la recesión en los 70; las tasas de interés que suben como un cohete y la recesión de los 70; las políticas de unión desarticulada de Reagan; el ascenso de acuerdos rapaces de libre comercio, y la violenta reacción general contra los logros sociales y culturales del movimiento de derechos humanos, particularmente los ideales liberales y radicales de los 60. El acceso a la educación formal, en todos los niveles, que había estado en el centro de las luchas por los derechos humanos, figuró entre el considerable ataque desde los 70 al presente.
Habiendo difundido perfectamente o corporizado las instituciones devotas de aumentar las capacidades intelectuales, cosmopolitismo, y por el descuido de la masa de ciudadanos –los medios, desde servicios de noticias a la edición de libros, como también instituciones de educación formal– la derecha desarrolló sus propias esferas pedagógicas para llamar la atención del público. El resultado de tales esfuerzos fue el frenético aumento exitoso y el predominio de transmisiones radiales de la derecha en las postrimerías de los 90, el aumento de una poderosa red de reservorios de pensamiento neoconservador y público de intelectuales, la toma de posesión de los medios por intereses corporativos, unido a una Foxificación (7)de muchos de sus comercios, la transformación de las escuelas públicas en centros de examen, o prototipos para las cárceles nacionales, con sus mecanismos de vigilancia y políticas de tolerancia cero, y la corporización y militarización de la educación superior (Giroux, 2007). Todas estas fuerzas juegan un rol al socavar el estado social y sus aparatos de gobierno.
Como el Estado de bienestar se dividió, emergieron una ideología y una moral de mercado, que achicaron no sólo el significado de libertad sino también la verdadera naturaleza del bienestar público, las instituciones públicas, la seguridad social, las redes de seguridad, y con estas transiciones, también [se achicaron] los conceptos más abstractos de acción individual y de ciudadanía. Ahora, el discurso económico le ganó la partida a la justicia social, fortalecido por la popularización de un discurso neoliberal en el que “todas las actividades humanas y espacios pueden y deberían ser absorbidos en sistemas económicos” (Grossberg, 2005, 117), supuestamente en aras del mejoramiento de la elección del consumidor, la eficiencia del mercado, y el tipo de excelencia sólo lograda mediante rigurosa competición (cómo cualquiera de estas cuestiones ocurren en una era de corporativismo consolidado es tema de otro artículo). La cuestión aquí fue un “argumento en contra de las políticas, o al menos contra la política que intenta gobernar la sociedad en términos sociales más que económicos” (Grossberg, 2005, 117).
La libertad fue disociada ahora de cualquier vestigio de lo social y la mayoría de las prestaciones sociales fueron vistas como beneficiando a los considerados inmorales y haraganes, si no completamente indignos. Al mismo tiempo, aquellos que se opusieron a la noción de beneficio y prestaciones sociales ahora se veían a sí mismos como excesivamente gravados y victimizados, precisamente debido a su arduo trabajo, los ahorros, y buena fortuna (Bauman, 1998). Por debajo de este achicamiento de la ética de la solidaridad y la equidad existía un marchitamiento no sólo del ciudadano políticamente activo sino, y no es suficiente repetirlo a menudo, también los modos de educación crítica que proporcionaron la condición fundamental para existir. Y este continuo asalto a la educación pública superior tanto como a las esferas críticas públicas que están en el corazón de la educación y la información cultura en general, puede ser visto en el triunfo de la construcción de una noción de sentido común que proporcionó las condiciones para que arraigue el neoliberalismo y para la ciudadanía deseosa de abrazar los enormes riesgos tanto como los consuelos, para unos pocos afortunados, de una sociedad consumista más que abrazar las responsabilidades y compromisos a largo plazo de un estado democrático viable (Bauman, 1998).
La democracia dejó de ser una utopía, vacía bajo un régimen que celebra la trinidad que forman la privatización, la desregulación y la financiación. El consumo se convirtió en marca auténtica de ciudadanía, mientras la competencia individual y responsabilidad personal se elevaron al nuevo evangelio de riqueza y salvación individual.
En este escenario, la libertad se transformó en su opuesto para la vasta mayoría de la población, por cuanto una pequeña minoría privilegiada puede comprar tiempo, bienes, servicios y seguridad, mientras la gran mayoría en crecimiento está relegada a una vida sin privilegios, beneficios y sostén. Para estas poblaciones consideradas prescindibles, superfluas e invisibles por su raza, clase social y juventud, la vida se torna cada vez más precaria.
Ascendentes motivos de creciente desempleo, disponibilidad, y de los sin techo, son evidentes en las cifras del nivel de desempleo entre la juventud negra, que oscilan “en varias veces en los últimos años [...] de 59% a un impresionante 72%” (Herbert, 2007a). Tales estadísticas otorgan nuevo significado al slogan “Vive libre o muere” [“Live free or die”] (8).
En un caso reciente, Deamonte Driver, un alumno de séptimo año en el condado de Prince George, Maryland, falleció porque su madre no contaba con un seguro médico para cubrir el costo de U$S 80 para la extracción de una muela. Ante la falta del seguro, su madre no pudo hallar un cirujano que hiciera el tratamiento. En el momento que fuera admitido y diagnosticado en la sala de emergencia de un hospital, la bacteria del absceso ya se había diseminado al cerebro y, a raíz del intenso tratamiento que finalmente recibió, se produjo su deceso (Herbert, 2007).
El daño colateral que revela la mentira de esta supuestamente inexpugnable forma de sentido común puede vislumbrarse no sólo en el destino de nueve millones de chicos que no tienen seguro médico sino también en penosas verdades que a diario surgen en los narraciones de desesperación y abandono que obsesionan a las pocas esferas públicas que atienden las necesidades de los más vulnerables.
Chip Ward, un conciente administrador de la biblioteca pública de la ciudad de Salt Lake, escribe acerca de la creciente situación apremiante en Estados Unidos de los sin techo, y la enorme tensión de las bibliotecas ya que se evaporaron los servicios que ofreció el Estado alguna vez. [Ward] escribe patéticamente acerca de una persona sin techo llamada Ophelia, quien acude a la biblioteca porque, como muchos de los sin techo, ella no tiene ningún otro lugar para usar el baño, protegerse del mal tiempo por un rato o simplemente para descansar. Excluida del “sueño americano” y considerada prescindible y una amenaza, Ophelia, por su obvia enfermedad mental, define su existencia en términos que ofrecen una metáfora escalofriante que va mucho más allá de su dramática situación. Ward (2007) describe la presencia y los hechos de Ophelia del siguiente modo:

Ophelia se sienta junto al hogar y masculla suavemente, sonriendo y gesticulando a nadie en particular. Ella mira a través de la gran ventana con los dos pares de anteojos que usa, uno del tamaño de un limpiaparabrisas sobre otro colocado precariamente sobre su pequeña nariz. Tal vez cuatro lentes le ayuden a ver lo invisible otro al que observa. Cuando su “conversación al vacío” distrae a la lectora sentada a su lado, Ophelia se da vuelta, sonríe a la mujer, y explica: “No me tenga en cuenta, estoy muerta. Está O.K. He estado muerta desde hace algún tiempo ahora”. Hace una pausa y agrega con tranquilidad: “No está tan mal. Uno se acostumbra”. Nerviosa, la mujer recoge sus pertenencias y rápidamente se va. Ophelia se encoge de hombros. La comunicación verbal es difícil. Ella prefiere la telepatía, pero es complicado hacerlo por cuanto el resto de nosotros, me informa, no conoce las reglas (el énfasis es del autor).

Ophelia representa sólo uno de los 200.000 sin techo crónicos que actualmente utiliza las bibliotecas públicas y otros espacios públicos para encontrar abrigo. Muchos están enfermos, desorientados, drogados, intoxicados, o mentalmente bloqueados y muy cerca de una crisis nerviosa, debido al estrés, la inseguridad y el peligro, que enfrentan a diario. Cada vez más, junto con los 3.5 millones de seres humanos que experimentan cada año la situación de los sin techo en los Estados Unidos, son tratados como criminales, como si el castigo fuera la respuesta apropiada para la pobreza, la enfermedad mental y el sufrimiento.
Mientras los recursos humanos se dilapidan en estos escenarios, lo que realmente está en juego es un abuso de la política, la ley, y el poder, las soslayadas racionalidades que promueven la injusticia social y el innecesario sufrimiento humano. Y mientras los comentarios de Ophelia pueden ser rechazados como la incoherencia de una mujer loca, éstos nos hablan de algo mucho más profundo acerca del estado actual de la sociedad norteamericana y su total abandono de poblaciones enteras que ahora son consideradas como el despilfarro de un orden social neoliberal.
La muerte social se vuelve el destino de más y más gente, por cuanto la política social de estrangulamiento del individualismo competitivo, el interés personal y el consumismo se convierten en el principio organizador de la vida diaria. En estos días, las soluciones de los problemas sociales están enmarcadas en el vocabulario despolitizado de lo terapéutico y lo emocional, a menudo entrampado en las certezas políticas y morales del fanatismo, la intolerancia, el racismo, el puritanismo ideológico y el fundamentalismo religioso. Como el mercado es el modelo para resolver todos los problemas sociales simplemente ignorándolos; el discurso de la ayuda a sí mismo, la responsabilidad personal y la propia confianza, operan bajo la presunción de neutralidad y eficiencia, borrando en verdad todo lo que se requiere para comprender y direccionar los temas sociales más relevantes de nuestro tiempo.

NOTAS:

1) Este artículo original ha sido enviado a la Dra. Adriana Puiggrós por el autor en 2007. Traducción: Nora Minuchin y Elvira Romera. Edición: Cintia Rogovsky.
2) The Gilded Age puede traducirse como “edad de oro” o “edad de las apariencias doradas” y es una expresión que proviene de la novela homónima de Mark Twain y Charles D. de 1873, en la que los autores satirizan esa época del siglo XIX norteamericano de gran crecimiento económico pero también de mucha corrupción política. (N. de E)
3) Suele traducirse como “Nuevo Trato”. Se refiere al conjunto de medidas económicas llevadas a cabo por el presidente estadounidense Franklin D. Roosvelt (1933-1937) para afrontar las consecuencias de la crisis económica de 1929, fundadas en el intervencionismo estatal, la obra pública y el fomento del consumo. (N. de E)
4) Se trataba de empresarios odiados por la población debido a su falta de escrúpulos y excesiva avaricia en los negocios, que comenzaron a controlar la economía norteamericana tras la muerte de Abraham Lincoln, por lo que fueron bautizados The Robber Barons (Los Barones Ladrones). [N. de E.]
5) No debe confundirse con el concepto español de Gobierno ni el de Administration. Se refiere a lo que podría traducirse como un gran Estado, un Estado intervencionista. Recuérdese la expresión “The era of big government is over”, palabras del ex presidente estadounidense Bill Clinton en un discurso pronunciado el 27 de enero de 1996. [N. de E.]
6) Conjunto de reformas socio-económicas implementadas durante la presidencia de Lyndon Baines Johnson (1963-1969) como intento para eliminar la pobreza, la injusticia racial y mejorar la calidad de vida pero que finalmente produjo una gran insatisfacción. [N. de E.]
7) El autor alude a la Fox News Channel (FNC), perteneciente a la Fox Entertainment Group, conducida por el magnate Rupert Murdoch. Apoya y promueve a los sectores republicanos y conservadores y se trata de una de las multinacionales más poderosa e influyente en la economía, la política y la opinión pública mundial. Murdoch tiene más poder que muchos gobiernos. [N. de E.].
8) La proclama forma parte del mensaje escrito por el General John Stark, –nacido en New Hampshire y reconocido soldado de la Guerra norteamericana de la Independencia–, y enviado a sus camaradas de guerra, en ocasión del 32º aniversario de la Batalla de Bennington, Vermont, 1777. A partir de 1945 fue incorporado al emblema oficial del citado condado. [N. de T.]



BIBLIOGRAFÍA

•Appadurai, Arjun, Fear of Small Numbers,. Durham: Duke University Press, 2006.
•Bauman, Zygmunt, Work, Consumerism and the New Poor, Philadelphia: Open University Press, 1998.
•Davis, Mike and Monk, Daniel Bertrand, eds, Evil Paradises: Dreamworlds of Neo-Liberalism, New York: The New Press, 2007.
•Giroux, Henry A. The University in Chains: Confronting the Military-Industrial-Academic Complex, Boulder: Paradigm, 2007.
•Herbert, Bob. “The Danger Zone.” New York Times, 15 de marzo de 2007.
•Herbert, Bob, “Young, Ill and Uninsured.” New York Times, 19 de mayo de 2007.
•Herbert, Bob, “School to Prison Pipeline”, New York Times, 9 de junio 2007.
•Herbert, Bob, “The Divide in Caring for Our Kids”, New York Times, junio de 2007.
•Josephson, Matthew, The Robber Barons: The Great American Capitalists
•1861-190, Reprint, New York: Harcourt, 2001.
•Mokhiber, Russell and Wiseman, Robert, “Economic Apartheid in America” Common Dreams News Center, 21 de Noviembre de 2005, en http://www.commondreams.org/views05/1121-21.htm.
•Steinmetz, George, “The State of Emergency and the Revival of American Imperialism; Toward an Authoritarian Post-Fordism.” Public Culture 15.2 (Primavera): 323–345., 2003
•Trachtenberg, Alan, The Incorporation of America: Culture and Society in the Gilded Age, Vancouver, Douglas and McIntyre, 2007
•Uchitelle, Louis, The Disposable America: Layoffs and Their Consequences, New York, Knopf, 2006.
•Ward, Chip, “America Gone Wrong: A Slashed Safety Net Turns Libraries into Homeless Shelters”, en TomDispatch.com April 2. http://www.alternet.org/story/50023, 2007.




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